Empezando a trabajar
Quisiera que el recuerdo de mi primer trabajo fuese un poco más agradable. De hecho sólo he tenido dos trabajos: el que estoy por contarle, y mi trabajo representando al pueblo en el Congreso de la República.
Siendo yo un abogado recién graduado comencé a ver como me hacía de recursos, ya que el momento de mantenerme había llegado. Como ya lo comenté antes, tuve la suerte de no haber tenido que trabajar durante toda mi vida estudiantil. Pasé algunas semanas en busca de la mejor oportunidad, pero al parecer en mi país el ser un profesional vale poco: los sueldos que se me ofrecían eran bajísimos y las horas laborales sobrepasaban las establecidas por la ley, violando los derechos laborales básicos. Ahora sentía en carne propia los excesos de los empresarios inmorales que intentan siempre aprovecharse de sus empleados.
Afortunadamente conseguí trabajo gracias a un contacto con un tío mío. Era una opción que nunca hubiese querido tomar, porque siempre estuve en contra de hacer uso de influencias o contactos para beneficio propio. Sin embargo fue el único trabajo que encontré que pagaban acorde a mis conocimientos y formación, pero sobre todo el único que parecía respetar las horas laborales máximas establecidas. Así, que luego de conversar una noche con mi almohada, decidí tomarlo y comencé un lunes a pertenecer a la clase económicamente activa del país.
Al inicio las cosas marcharon de buena manera. Se respetaban mis horarios y se me exigía lo justo. Con el transcurrir de las semanas, aparentemente me tomaron más confianza y me asignaban tareas cada vez más complicadas. Al inicio no me molestó mucho, pero al tiempo me fui decepcionando al notar que mis atribuciones subían y mi sueldo no. Así comenzaron los primeros roces con mis superiores. El mayor problema era que no lograba entregar mis tareas a tiempo, pero yo no estaba dispuesto a ser abusado y nunca trabajé más de las ocho horas establecidas.
A los meses la empresa comenzó a tener algunos problemas económicos. A alguien se le ocurrió que era necesario un recorte. Me molestó mucho la noticia. Al inicio fueron rumores, pero luego se confirmó: la planilla iba a ser recortada. Pensé en formar un sindicato, pero la empresa no tenía los suficientes empleados como para darle respaldo legal. Pero me atormentaba pensar que el alto mando iba a recortar la planilla para mantener sus ganancias. Como siempre, pensaban más en las benditas ganancias que en sus empleados. ¿Cómo era posible que las ganancias de unos cuántos pusieran en peligro el pan diario en las casas del 10% de empleados? Simplemente era inaceptable.
Uno de mis compañeros me dijo que no fuera llorón. Que la empresa no estaba obligada a contratarnos si no le éramos útil. Todavía ronda mi mente el escándalo que le arme porque eso de que la empresa nos considerara como máquinas de hacer dinero era una denigración de nuestra condición humana. Que si el se consideraba como un objeto de ganancias, que no supusiera que los demás nos conformábamos con eso. Por supuesto, este compañero era de los que se desvelaba por la empresa, el que sacaba las tareas más difíciles, al que no le incomodaban las falta de luz adecuada o la falta de oficinas privadas para cada empleado. El era abogado como yo.
Yo estaba seguro que mi nombre no estaría en la lista del 10%: mi trabajo era bueno, yo era una persona honesta y siempre trabajaba lo que se me pagaba. Cuál fue mi sorpresa cuando vi mi nombre en el tablón de despedidos. No me faltaron las ganas de llorar, pero el orgullo y el enojo no me lo permitieron. Inmediatamente decidí que iba a renunciar, para no darles el gusto de que me despidieran. Un compañero de trabajo, y de despido, me aconsejó que me tragara el orgullo, porque si renunciaba no me iban a pagar mi indemnización. Lo pensé poco, y así lo hice. Con tal, la empresa me estaba causando un gran daño, y algo me tenían que dar a cambio de eso.
En mis meses de trabajó entendí que en mi país las leyes laborales y los derechos de los trabajadores estaban más sujetos a los caprichos de los empresarios que a lo escrito en las leyes. Y eso que a mi parecer las leyes eran muy benignas con ellos.
Afortunadamente apareció una oportunidad para mí, oportunidad que fue mi entrada en el mundo de la política.
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