Mi infancia
Como todo hay que ponerlo en contexto, quiero contarle primero mis inicios, mis razones, mi historia. No espero que me juzguen, que me condenen o me elogien por mis decisiones y el camino que he decidido tomar, simplemente quiero que tengan el panorama completo de quién soy, por qué soy así y del como las ideas que sostengo, que han cambiado en el tiempo, han nacido y han madurado en mi mente y en mi corazón.
Para ser sincero, no puedo quejarme de mi infancia o mi adolescencia primera. Por uno de esos designios extraños de la vida me tocó nacer en una familia a la que no le sobraba mucho, pero no le faltaba nada. En mis días sobre este planeta no puedo quejarme de uno sólo en el que haya tenido que pasar penas por el hambre, la habitación, la educación, la salud o el esparcimiento. Mis padres, a quienes siempre amé, tuvieron a bien proveerme de todo lo que necesité, no sólo económico sino también espiritual. Forjaron en mí muchos de los principios que ahora gobiernan mi vida.
Recuerdo que, cuando niño, me tocaba ir a las piñatas de mis amigos. Al inicio no me percataba, pero poco a poco fui entendiendo que no todos los niños iban a piñatas. A veces, camino a la escuela miraba por la ventana del carro y miraba a otros niños, niños iguales a mí, pidiendo dinero en el semáforo. Me imaginaba que aquellos niños habían de ser muy rebeldes, porque aparentemente no iban a la escuela. Luego aprendí que aquellos niños no iban a la escuela porque no querían, sino porque no podían. Mi madre muchas veces me quitaba un poco de los dulces que ganaba en las fiestas para dárselos a “los pobres”. En unos inicios me imaginaba que “los pobres” eran una especie de familia así como “los Gonzales”, “los Perez” o “los Mendez”. Para ser sincero, “los pobres” no me caían muy bien porque les tenía siempre que dar algo de lo mío.
Evidentemente los años me sacaron de mi error, y aprendí que “los pobres” eran aquellos que miraba por todos lados, en todas las esquinas, y que eran personas que no tenían las cosas que yo tenía, o que mis compañeros tenían. Cuando lo aprendí una espinita cayó sobre mí, porque entendí lo triste que aquello era.
Ya como adolescente, sentía un gran pesar cuando miraba a otros de mi edad limpiando vidrios, lustrando zapatos, juntando periódicos, clasificando basura, cargando leña o escupiendo gasolina. Como dije, tuve la infinita suerte de nunca tener este tipo de preocupaciones, y mientras aquellos se preocupaban por el pan de la noche, yo me preocupaba por la loción que iba a utilizar en mi primera fiesta. Pero la espinita que de niño había entrado en mi corazón se agrandaba, y una pregunta invadía mi joven mente “¿por qué yo tuve esta suerte, y ellos no?”.
Mis últimos años de escuela limpiaban poco a poco mi ignorancia y tuve mis primeros contactos con la filosofía, la literatura, la economía, la política, la antropología en general. Mi pregunta había evolucionado y ahora era “¿qué puedo hacer para ayudar a aquellas personas que no tienen lo que yo pude tener?”. El término “injusticia” comenzó a cobrar gran significado para mí, y pronto advertí que vivía en un país de lo más injusto.
El fuego ese tan típico de la juventud, esas ganas de incendiar el mundo con nuestras ideas, de liderar los grandes cambios, hizo que quisiera hacer algo por mi país, por mi gente, por mis hermanos. Comencé a ayudar en todas las obras de beneficencia que podía y que tenía tiempo. Me puse a pintar escuelas, a alfabetizar, recolectar fondos para canastas navideñas, hacer tratamientos de aguas negras. En fin, estaba decidido a que tenía que hacer algo, y estaba haciendo algo, pero tenía que ese algo estaba lejos de ser suficiente.
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