Yo, diputado
Nunca quise admitirlo, pero mi despido me dolió mucho, y me hizo una huella profunda. Intentaba dilucidar las razones y no las comprendía. Hice todo lo que había de hacerse: estudié, trabajé, hice lo que se me encomendó. Definitivamente esto del trabajo era injusto. Aquellos que sólo buscan sus ganancias siempre intentarán sacar lo mejor de sus trabajadores, y eso simplemente no es correcto.
Por azares del destino, un compañero de despido estaba muy metido en la política. Era parte de un nuevo partido de izquierda, el partido de dignidad nacional (PDN) cuyos postulados tenía mucho sentido. Pero sobre todo era el partido con más corazón: estaba dispuesto a elevar los impuestos para distribuir mejor la riqueza, era fiel precursor de la lucha por la educación pública en todos los sentidos, la salud pública y la ayuda al menos favorecidos. Muchas de sus ideas hicieron eco en todo el país. Proponían eliminar la educación y salud privadas de manera que todos comenzaran con las mismas oportunidades y de que las elevadas sumas que la gente pagaba en las instituciones privadas las absorbiera el gobierno para hacer un mejor uso de ellas.
El auge del partido era grande. La población cada vez empobrecía más y las condiciones de vida en el país se deterioraban. Cuando entré no vi mucho lugar para mí. Sin embargo por alguna razón, tal vez ser de los pocos profesionales, me nombraron candidato a diputado. Fue algo que sucedió muy rápido. No estaba acostumbrado a las reuniones públicas, pero me gustaban. Me gustaba el respeto que la gente me daba. Además en el partido comencé a trabajar como asesor legal….y me pagaban! Me pagaban incluso más que en mi anterior puesto. Afortunadamente pude rodearme de gente con corazón que deseaban un bien para el país, y yo era uno de sus representantes.
Vinieron las elecciones. La tensión comenzó a crecer en mí. Lo gocé. Gracias al interior del país logré quedar como diputado. Mi asombro era mucho: era un representante del pueblo. Tenía un encargo que no sabía que podía tener. Sin tan ni son de repente yo, Inocencio Izquierdo, era diputado. De pronto comencé a tener muchos amigos, y muchas fiestas se hicieron a mi nombre. Yo no cabía de felicidad, pero nunca olvidé la responsabilidad que había caído sobre mí: el de representar a mi pueblo. Y digo que fue una responsabilidad que cayó sobre mí, porque yo no la elegí. Desde ese tiempo me volví creyente del destino.
Y así, comencé mi vida política.
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